Era la primera vez que salía sin mis papas. El Gabo había accedido a llevarme, no muy contento, pero me llevaría que era lo importante. Cuando mi papá preguntó donde pensábamos quedarnos, el Gabo como en el mejor de sus papeles, le dijo que el Axel tenía una casa en Maitencillo. El papá del Axel, que andaba de viaje, no tenia idea que su hijo pensaba salir con sus amigos, menos había prestado su casa. Ahora que lo pienso, mi hermano era un mentiroso de primera, siempre andaba con historias extrañas.
Partiríamos el viernes en la mañana y el punto de reunión seria la casa de la Flor, que no quedaba muy lejos de nuestra casa. Lo habíamos decidido así porque unas semanas atrás el papá de la Flor, que era un viejo podrido en plata, le había regalado una 4x4 todo terreno por su tan merecida matricula en la facultad de medicina en la católica. El Gabo me decía que no dudaba que el papá de la Flor, con los pitutos que tenia, había influido en el ingreso de la Flor a la universidad.
El Nano también llevaría su auto, aunque solo para “los perros”. Le pregunté al Gabo si me podía ir en el auto del Nano y, sin mirarme, me dijo que un puesto en “the perros” se ganaba, y que este viaje era la oportunidad de ganármelo.
A las 1 casi en punto salimos de la casa de la Flor. En el auto del Nano iba el Nano, el Gabo, atrás el Axel y un amigo medio hippiento que había llevado, el guatón Yuko y el Rodrigo. El la 4x4 iba manejando la Flor, yo a su lado, atrás la Martina, la Sofi, la Javiera y su hermana Emilia.
Nos demoramos como una hora y cuarto en llegar. Llegamos a Horcón, a una casa arriba del cerro. Según el Axel, Horcón tenía algo mágico, además de que permitían ciertas libertades. Cuando ya había ordenado lo mío, salí al balcón del segundo piso. El Axel y el Gabo ya habían empezado. Tenían unas cervezas en la mano y en la otra una escoba con la que limpiaban la piscina que había en el patio.
Estaba intentando analizar el comportamiento del Axel cuando alguien me abrazó por la espalda y susurrando me preguntó si quería una cerveza. Era la Flor. Se la acepte y bajé porque el Axel me estaba haciendo señas para que les ayudara con la piscina. En realidad no quería ayuda, quería que yo la limpiara. Mientras yo limpiaba y llenaba la piscina, el resto preparaba el almuerzo y se dedicaba a cambiar mi concepción de mundo. El hippiento estaba sentado en el pasto con un pito de marihuana, la Martina, la Sofi y la Emilia jalando, el resto preparando tragos y cosas. Almorcé al lado del Gabo intentando pasar desapercibido...la mesa era una fiesta, poca comida, arto alcohol, risas y gritos… y así todo el día, por tanto en la noche no nos quedó mas que acostarnos relativamente temprano.
Al otro día nos levantamos tarde, llenamos un cooler de copete y nos fuimos por le día a la playa. Bajamos una escalera enorme y nos instalamos bien alejados del resto. Todos corrieron a bañarse y yo me acosté a tomar sol para relajarme. Escuchaba Alanis, la música surtía un efecto aislante.
Me estaba quedando dormido y unas gotas de agua fría cayeron en mi espalda. Era la Flor que estaba de pie junto a mí, mirándome. Me dijo que nos fuéramos a bañar, que el agua estaba rica. Le dije que no quería, que prefería tomar sol, así que se tiró en la arena, a mi lado, y nos pusimos a conversar. Me hizo mil preguntas y a mi respuesta ella contestaba con un “¡ay! ¡Si eri tan lindo!” y me besuqueaba en la cara. Así como si nada llego el Axel a buscar a la Flor, se acostó a su lado y empezó a darle besos por todas partes, y la Flor muerta de la risa me miraba. Me puse los audífonos y me di media vuelta.
El día pasó lento, entre cerveza, ron, vodka, el hippiento repartiendo el maldito olor a marihuana por todos lados y la Martina con una guitarra tocando de esas canciones comunistas que a mi papá no le gustan. Cuando todos estaban en “su onda” como decía el Rodrigo, pesque mis cosas y le avise al Gabo que me iba a la casa. Ni me pescó, aunque el Yuko me ofreció un pito, y en respuesta a mi negativa me dijo “disfruta el momento”
Llegué a la casa, me preparé unos tallarines pelaos y me senté en la terraza. Este viaje era la cagada misma.
A las dos horas llego la multitud, riéndose y cantando. El Axel y el Rodrigo estaban muertos de curados, la Martina bastante pasaditas de copas se me tiró encima, me dijo que le gustaba tenerme de cuñado y terminó de comerse mis tallarines y el pegado de la olla.
Nos sentamos en la terraza, algo involuntario de mi parte, y nos pusimos a conversar del colegio que era el tema que nos unía a todos, menos al hippiento que siempre que podía sacaba una tela y, tan artesanal como lleno de gracia, con una paleta que parecía un cuchillo grandioso, pintaba cuadros al atardecer. Mientras observaba al hippie pintar, el Gabo me pasó una botella de vodka para que tomara. Le dije que no quería y el, amenazante, me dijo que probara, que no fuera maricón y me hiciera hombre de una vez, que a “the perros” no entraban hijitos de mama. Me subió la sangre a la cabeza. Si tenía que ponerme a la altura del Gabo para ser un perro, lo haría. Me empiné la botella y el Rodrigo, que a esas alturas ya estaba totalmente borracho, empezó a aplaudir y a gritar que yo era lo que los perros necesitaban. A pesar que el trago era amargo y quemaba, seguí haciéndome el valiente, mientras todos me vitoreaban.
De ahí la fiesta se volvió rancia, la Martina, con su vestido blanco, el pelo todo desordenado y el maquillaje corrido, se paró de la mesa y se fue a un rincón. Parecía un ángel estrafalario, un ángel estrafalario haciendo arcadas. Nunca había visto un espectáculo tan degradante: un ángel estrafalario vomitando tallarines en la esquina del patio.
El Yuko, que a mi parecer era el más resistente, saco una bolsita con cocaína. Estaba seguro que si jalaba, el puesto en los perros era mío. Me acuerdo que la Flor me pasó un cucurucho de papel y que después la Sofi gritaba “¡la pálida de la leche, la pálida de la leche!”
No sé cuanto había dormido ni como había llegado a la cama pero como a eso de las 4 de la mañana me despertó la Flor para que le diera un espacio en mi cama porque el Axel no se que cosa…. Inconciente como estaba, apenas me moví e intenté seguir durmiendo, pero la Flor empezó a hablarme y a acercarse hasta quedar casi encima de mí. Ahí, recién, me di cuenta que ella andaba con un camisón bien cortito de seda, color medio burdeo y que debajo de eso no tenia nada mas. Empezó a morderme la oreja y a darme besos en el cuello. Me sacó la polera y empezó a bajar por mi abdomen. Asustado y con pánico de que alguien nos pudiera encontrar o, peor, el Axel entrara, me quité de encima a la Flor y salí de la pieza. La Emilia que venía entrando a la casa me preguntó que porqué tenía esa cara de asustado y yo le dije que nada, que había tenido una pesadilla. Tuve que esperar que todos se quedaran dormidos para poder hacerlo yo, y eso fue como a las 8 de la mañana.
Ese día si que todos despertamos tarde, y con una caña de mis años. El Yuko con sus respectivos lentes negros y el resto viéndonos la cara de demacrados. El único que se salvaba de tal descripción era el hippie que estaba en su mejor momento.
Ese día decidimos hacer un asado y me mandaron a mí a comprar el carbón y la carne. Para variar yo no tenia idea donde quedaban los negocios, así que la Flor se ofreció para llevarme en la camioneta. Nos subimos a la camioneta y ni uno de los dos cruzó ni una palabra durante 20 minutos aproximadamente. De un momento a otro la Flor se desvió del camino y se metió por un camino de tierra. La miré un tanto asustado, esperando que me mirara, pero sin desviar la vista me dijo que nunca se lo había mostrado a nadie, pues pensaba que la tacharían de tonta, o algo así, pero conmigo… conmigo era distinto. Llegamos donde empezaba un bosque y, como si supiera ese recorrido de memoria, hizo una maniobra que la mayoría de los mortales hubiese encontrado peligrosa. Nos internamos en el bosque y llegamos a la playa, a una playa paradisíaca, con el mar más calmo que un vaso de agua, blanca la arena y sin rastro alguno de civilización. Me miró y triunfante me dijo que era el lugar más bello del mundo y que era suyo. Siguió manejando por la arena hasta un extremo de la medialuna y puso un CD. Era mi CD de Alanis Morrisette. Me dijo que lo había tomado prestado para esta ocasión. Subió el máximo del volumen y aceleró la marcha del auto. Recorrimos toda la orilla, la rueda levantaba el agua, mojándonos por completo y la Flor, risueña, manejaba en el mar. Cuando llegamos al otro extremo nos matamos de la risa, me dijo que siempre había querido hacer eso.
Partiríamos el viernes en la mañana y el punto de reunión seria la casa de la Flor, que no quedaba muy lejos de nuestra casa. Lo habíamos decidido así porque unas semanas atrás el papá de la Flor, que era un viejo podrido en plata, le había regalado una 4x4 todo terreno por su tan merecida matricula en la facultad de medicina en la católica. El Gabo me decía que no dudaba que el papá de la Flor, con los pitutos que tenia, había influido en el ingreso de la Flor a la universidad.
El Nano también llevaría su auto, aunque solo para “los perros”. Le pregunté al Gabo si me podía ir en el auto del Nano y, sin mirarme, me dijo que un puesto en “the perros” se ganaba, y que este viaje era la oportunidad de ganármelo.
A las 1 casi en punto salimos de la casa de la Flor. En el auto del Nano iba el Nano, el Gabo, atrás el Axel y un amigo medio hippiento que había llevado, el guatón Yuko y el Rodrigo. El la 4x4 iba manejando la Flor, yo a su lado, atrás la Martina, la Sofi, la Javiera y su hermana Emilia.
Nos demoramos como una hora y cuarto en llegar. Llegamos a Horcón, a una casa arriba del cerro. Según el Axel, Horcón tenía algo mágico, además de que permitían ciertas libertades. Cuando ya había ordenado lo mío, salí al balcón del segundo piso. El Axel y el Gabo ya habían empezado. Tenían unas cervezas en la mano y en la otra una escoba con la que limpiaban la piscina que había en el patio.
Estaba intentando analizar el comportamiento del Axel cuando alguien me abrazó por la espalda y susurrando me preguntó si quería una cerveza. Era la Flor. Se la acepte y bajé porque el Axel me estaba haciendo señas para que les ayudara con la piscina. En realidad no quería ayuda, quería que yo la limpiara. Mientras yo limpiaba y llenaba la piscina, el resto preparaba el almuerzo y se dedicaba a cambiar mi concepción de mundo. El hippiento estaba sentado en el pasto con un pito de marihuana, la Martina, la Sofi y la Emilia jalando, el resto preparando tragos y cosas. Almorcé al lado del Gabo intentando pasar desapercibido...la mesa era una fiesta, poca comida, arto alcohol, risas y gritos… y así todo el día, por tanto en la noche no nos quedó mas que acostarnos relativamente temprano.
Al otro día nos levantamos tarde, llenamos un cooler de copete y nos fuimos por le día a la playa. Bajamos una escalera enorme y nos instalamos bien alejados del resto. Todos corrieron a bañarse y yo me acosté a tomar sol para relajarme. Escuchaba Alanis, la música surtía un efecto aislante.
Me estaba quedando dormido y unas gotas de agua fría cayeron en mi espalda. Era la Flor que estaba de pie junto a mí, mirándome. Me dijo que nos fuéramos a bañar, que el agua estaba rica. Le dije que no quería, que prefería tomar sol, así que se tiró en la arena, a mi lado, y nos pusimos a conversar. Me hizo mil preguntas y a mi respuesta ella contestaba con un “¡ay! ¡Si eri tan lindo!” y me besuqueaba en la cara. Así como si nada llego el Axel a buscar a la Flor, se acostó a su lado y empezó a darle besos por todas partes, y la Flor muerta de la risa me miraba. Me puse los audífonos y me di media vuelta.
El día pasó lento, entre cerveza, ron, vodka, el hippiento repartiendo el maldito olor a marihuana por todos lados y la Martina con una guitarra tocando de esas canciones comunistas que a mi papá no le gustan. Cuando todos estaban en “su onda” como decía el Rodrigo, pesque mis cosas y le avise al Gabo que me iba a la casa. Ni me pescó, aunque el Yuko me ofreció un pito, y en respuesta a mi negativa me dijo “disfruta el momento”
Llegué a la casa, me preparé unos tallarines pelaos y me senté en la terraza. Este viaje era la cagada misma.
A las dos horas llego la multitud, riéndose y cantando. El Axel y el Rodrigo estaban muertos de curados, la Martina bastante pasaditas de copas se me tiró encima, me dijo que le gustaba tenerme de cuñado y terminó de comerse mis tallarines y el pegado de la olla.
Nos sentamos en la terraza, algo involuntario de mi parte, y nos pusimos a conversar del colegio que era el tema que nos unía a todos, menos al hippiento que siempre que podía sacaba una tela y, tan artesanal como lleno de gracia, con una paleta que parecía un cuchillo grandioso, pintaba cuadros al atardecer. Mientras observaba al hippie pintar, el Gabo me pasó una botella de vodka para que tomara. Le dije que no quería y el, amenazante, me dijo que probara, que no fuera maricón y me hiciera hombre de una vez, que a “the perros” no entraban hijitos de mama. Me subió la sangre a la cabeza. Si tenía que ponerme a la altura del Gabo para ser un perro, lo haría. Me empiné la botella y el Rodrigo, que a esas alturas ya estaba totalmente borracho, empezó a aplaudir y a gritar que yo era lo que los perros necesitaban. A pesar que el trago era amargo y quemaba, seguí haciéndome el valiente, mientras todos me vitoreaban.
De ahí la fiesta se volvió rancia, la Martina, con su vestido blanco, el pelo todo desordenado y el maquillaje corrido, se paró de la mesa y se fue a un rincón. Parecía un ángel estrafalario, un ángel estrafalario haciendo arcadas. Nunca había visto un espectáculo tan degradante: un ángel estrafalario vomitando tallarines en la esquina del patio.
El Yuko, que a mi parecer era el más resistente, saco una bolsita con cocaína. Estaba seguro que si jalaba, el puesto en los perros era mío. Me acuerdo que la Flor me pasó un cucurucho de papel y que después la Sofi gritaba “¡la pálida de la leche, la pálida de la leche!”
No sé cuanto había dormido ni como había llegado a la cama pero como a eso de las 4 de la mañana me despertó la Flor para que le diera un espacio en mi cama porque el Axel no se que cosa…. Inconciente como estaba, apenas me moví e intenté seguir durmiendo, pero la Flor empezó a hablarme y a acercarse hasta quedar casi encima de mí. Ahí, recién, me di cuenta que ella andaba con un camisón bien cortito de seda, color medio burdeo y que debajo de eso no tenia nada mas. Empezó a morderme la oreja y a darme besos en el cuello. Me sacó la polera y empezó a bajar por mi abdomen. Asustado y con pánico de que alguien nos pudiera encontrar o, peor, el Axel entrara, me quité de encima a la Flor y salí de la pieza. La Emilia que venía entrando a la casa me preguntó que porqué tenía esa cara de asustado y yo le dije que nada, que había tenido una pesadilla. Tuve que esperar que todos se quedaran dormidos para poder hacerlo yo, y eso fue como a las 8 de la mañana.
Ese día si que todos despertamos tarde, y con una caña de mis años. El Yuko con sus respectivos lentes negros y el resto viéndonos la cara de demacrados. El único que se salvaba de tal descripción era el hippie que estaba en su mejor momento.
Ese día decidimos hacer un asado y me mandaron a mí a comprar el carbón y la carne. Para variar yo no tenia idea donde quedaban los negocios, así que la Flor se ofreció para llevarme en la camioneta. Nos subimos a la camioneta y ni uno de los dos cruzó ni una palabra durante 20 minutos aproximadamente. De un momento a otro la Flor se desvió del camino y se metió por un camino de tierra. La miré un tanto asustado, esperando que me mirara, pero sin desviar la vista me dijo que nunca se lo había mostrado a nadie, pues pensaba que la tacharían de tonta, o algo así, pero conmigo… conmigo era distinto. Llegamos donde empezaba un bosque y, como si supiera ese recorrido de memoria, hizo una maniobra que la mayoría de los mortales hubiese encontrado peligrosa. Nos internamos en el bosque y llegamos a la playa, a una playa paradisíaca, con el mar más calmo que un vaso de agua, blanca la arena y sin rastro alguno de civilización. Me miró y triunfante me dijo que era el lugar más bello del mundo y que era suyo. Siguió manejando por la arena hasta un extremo de la medialuna y puso un CD. Era mi CD de Alanis Morrisette. Me dijo que lo había tomado prestado para esta ocasión. Subió el máximo del volumen y aceleró la marcha del auto. Recorrimos toda la orilla, la rueda levantaba el agua, mojándonos por completo y la Flor, risueña, manejaba en el mar. Cuando llegamos al otro extremo nos matamos de la risa, me dijo que siempre había querido hacer eso.
Nos bajamos de la camioneta
, nos sentamos en la arena y nos pusimos a conversar de todo, incluso de la muerte de mi mamá, tema que no había hablado con nadie, ni siquiera con el Gabo.
Me dijo que tenía calor, que nos fuéramos a bañar y yo accedí. Se quedó en ropa interior y yo con mis short. Nos reímos de mil cosas, todo era maravilloso. Sin previo aviso, se me acercó y me dio un beso que no contesté. Me dijo que quería estar conmigo, que yo le gustaba desde hacia tiempo, que no le interesaba el Axel. Se sacó la ropa interior y nos fuimos a la orilla.
Encima mío, la recorrí entera, fui enredándome en sus besos ¿Quién iba a imaginarlo?...perdí mi virginidad
Nos quedamos acostados en la playa, abrazados por largo rato...
, nos sentamos en la arena y nos pusimos a conversar de todo, incluso de la muerte de mi mamá, tema que no había hablado con nadie, ni siquiera con el Gabo.Me dijo que tenía calor, que nos fuéramos a bañar y yo accedí. Se quedó en ropa interior y yo con mis short. Nos reímos de mil cosas, todo era maravilloso. Sin previo aviso, se me acercó y me dio un beso que no contesté. Me dijo que quería estar conmigo, que yo le gustaba desde hacia tiempo, que no le interesaba el Axel. Se sacó la ropa interior y nos fuimos a la orilla.
Encima mío, la recorrí entera, fui enredándome en sus besos ¿Quién iba a imaginarlo?...perdí mi virginidad
Nos quedamos acostados en la playa, abrazados por largo rato...
Desde nuestra salida de la casa habían pasado cerca de tres horas, así que nos vestimos y fuimos a comprar las cosas que necesitábamos. Camino a la casa me preguntó por una cadena que tenia colgando en el cuello, pues le gustaba mucho. Le dije que era de mi mamá y que antes de morir me la regalo. Nunca me la había sacado pero ese era el momento preciso; le di un beso y se la puse en el cuello. Ella me sonrió
. Creo que ese lapsus en la playa había sido tan provechoso para ella como para mí, fue como si una mano sublime ayudara a la niña en la playa, y a la vez me levantara a mí, porque ambos nos comportamos como si nos hubiésemos conocido de mil años, sin tapujos ni pudores.
. Creo que ese lapsus en la playa había sido tan provechoso para ella como para mí, fue como si una mano sublime ayudara a la niña en la playa, y a la vez me levantara a mí, porque ambos nos comportamos como si nos hubiésemos conocido de mil años, sin tapujos ni pudores.Llegamos a la casa, todos estaba medios curados. La Flor se separó de mí y se acercó al Axel. Le dio un beso que me removió todas las entrañas. Se rieron y celebraron toda la tarde. Tenía algo de rabia pero no podía hacer nada. Pasaba la tarde, el asado lo hizo el Rodrigo, todos felices, volados, bañándose en la piscina menos el Yuko y yo. El Yuko se me acercó y me dijo que ahora que ya casi era un perro más, seria bueno que probara algo nuevo, y puso en mi mano una pastilla pequeña. La única indicación que me dio era que no podía beber nada más que agua. Me miró inquieto, esperando cualquier reacción de mi parte. Pesqué un vaso de agua y me la tragué. P
or cerca de quince minutos no sentí nada, después todo cambio, los cuadros de Picasso que tenía mi papá en su despacho no eran nada comparado con lo que veían mis ojos. El Yuko que estaba agachado atándose las zapatillas, parecía un elefante, tomando agua de un pozo color dorado.
or cerca de quince minutos no sentí nada, después todo cambio, los cuadros de Picasso que tenía mi papá en su despacho no eran nada comparado con lo que veían mis ojos. El Yuko que estaba agachado atándose las zapatillas, parecía un elefante, tomando agua de un pozo color dorado.Los árboles con sus ramas-brazos levantaban sus raíces del suelo, bailaban y cantaban enojados, me gritaban, querían que me fuera. Aterrado llame al Gabo, pero tenia una voz de payaso, en lugar de sus rulos amarillos habían serpientes potencialmente peligrosas sacándome la lengua. Entré a la casa y corrí a mi cama, me tapé con el saco y ahí me quede hasta el otro día.
A la mañana siguiente, increíblemente, todos nos levantamos temprano a tomar desayuno. Mientras escuchaba algo desatento la conversación de la Martina con la Sofi, el Axel que estaba en la punta de la mesa los hizo callar a todos y dijo que tenía que ir al estadio a pagar una penitencia. Su prueba consistía en vender sándwich de potito. Todos, después de mirarlo atónitos, nos matamos de la risa burlándonos casi cruelmente. Después de que la risa colectiva terminara, dijo que obviamente el no iría solo, pues una de las reglas de los perros era que si caía uno, todos caerían con el. El grupo se negó, pero el Axel rememoró la vez que al Nano se lo llevaron preso y todos, por ley, se entregaron también. Finalmente todos aceptaron.
A las dos de la tarde partimos rumbo al partido de O`Higgins/ Wanders. El Yuko junto la plata y fuimos a comprar la entrada. Compramos 10 entradas pues la Emilia se había quedado en la casa. Las entradas eran de color amarillo ocre, y por la forma que recibió las entradas el Yuko, parecían estrellas. Me acorde del día anterior y esta vez el Yuko parecía un elefante pequeño comprando estrellas desde el principio. Sonreí al ver nuevamente al elefante del día anterior.
Entramos al estadio, no había mucha gente, ni una barra decente, solo gente mayor y un par de locos gritando y tocando algo que simulaba ser un bombo.
El Axel no retrasó más su penitencia y, a viva voz, empezó a gritar sus “sanguches de potito”. Los perros, solidarios, vendían caramelos en el estadio. Ese día la Martina se dedicó a sacar todas las fotos posibles.
La Flor no daba rastro alguno de existencia. Desde algún rincón, me tenia que resignar a mirarla, inmaculada e inalcanzable. Odio mi timidez.
Llegamos a la casa esa noche y todos decidimos acostarnos temprano pues al otro día partiríamos temprano a la Santiago. Intenté acercarme a la Flor, pero parecía escaparse de mí.
Al otro día nos levantamos, tomamos desayuno y ordenamos nuestros bolsos. El viaje se había acabado, pero no las sorpresas. Cuando ya habíamos cargado los automóviles y antes de subirnos, el Axel pidió la atención de todos y, con una voz ceremoniosa, se dispuso a contarnos el porqué de la penitencia; Antes de venirnos de Santiago, había echo una apuesta con su polola, la Flor. Ella apostó que antes de cinco días lograba “comerse” a alguien del grupo, pero para hacer mayor el desafío, la prueba era engrupirse al hermano menor del Gabo, pues con su personalidad de cura del Opus Dei, seria la presa más difícil. El que perdía tenía que vender sándwich de potito. Pero por supuesto, yo le pedí una prueba de que había logrado comérselo, y esta es la prueba de que nuestro querido nuevo perro cayó, tal como la mayoría de nosotros, bajos los encantos de la Flor, y con una cara de malicia sacó de su bolsillo un pequeño objeto brillante que pendía de una cadena platinada.
Todo se volvió negro, por mi mente pasaban las imágenes de la playa, una y otra vez, las palabras que me dijera y los besos que quedaron ahí. Entre el Yuko y el Rodrigo metían al auto al Gabo que estaba totalmente enajenado, la Martina lloraba intentando calmar a mi hermano, yo estaba dentro del auto sin reaccionar, la Flor y el Axel se habían subido a la camioneta de la Flor, llamaban a los demás para partir. Todos esos segundos se hicieron eternos, el camino de regreso y las semanas que sucedieron al viaje.
Tres años, tres años pasaron de la peor forma. Por las noches despertaba asustado, odiando a todo el mundo. Tres años se cumplieron ayer. Era de noche, hacia calor, de esa calor húmeda que te moja la ropa y hace mas dificultoso el respirar. Estuve toda la tarde en mi auto esperando alguna señal de vida, toda la tarde hasta las 10, cuando llegó en su camioneta, la estacionó fuera de la casa y se bajó. Me bajé intentando
hacer el menor ruido posible, llegué a su lado antes que lograra abrir la reja de su casa y suave pero decidido enterré el puñal que había comprado en la mañana.
A las dos de la tarde partimos rumbo al partido de O`Higgins/ Wanders. El Yuko junto la plata y fuimos a comprar la entrada. Compramos 10 entradas pues la Emilia se había quedado en la casa. Las entradas eran de color amarillo ocre, y por la forma que recibió las entradas el Yuko, parecían estrellas. Me acorde del día anterior y esta vez el Yuko parecía un elefante pequeño comprando estrellas desde el principio. Sonreí al ver nuevamente al elefante del día anterior.
Entramos al estadio, no había mucha gente, ni una barra decente, solo gente mayor y un par de locos gritando y tocando algo que simulaba ser un bombo.
El Axel no retrasó más su penitencia y, a viva voz, empezó a gritar sus “sanguches de potito”. Los perros, solidarios, vendían caramelos en el estadio. Ese día la Martina se dedicó a sacar todas las fotos posibles.
La Flor no daba rastro alguno de existencia. Desde algún rincón, me tenia que resignar a mirarla, inmaculada e inalcanzable. Odio mi timidez.
Llegamos a la casa esa noche y todos decidimos acostarnos temprano pues al otro día partiríamos temprano a la Santiago. Intenté acercarme a la Flor, pero parecía escaparse de mí.
Al otro día nos levantamos, tomamos desayuno y ordenamos nuestros bolsos. El viaje se había acabado, pero no las sorpresas. Cuando ya habíamos cargado los automóviles y antes de subirnos, el Axel pidió la atención de todos y, con una voz ceremoniosa, se dispuso a contarnos el porqué de la penitencia; Antes de venirnos de Santiago, había echo una apuesta con su polola, la Flor. Ella apostó que antes de cinco días lograba “comerse” a alguien del grupo, pero para hacer mayor el desafío, la prueba era engrupirse al hermano menor del Gabo, pues con su personalidad de cura del Opus Dei, seria la presa más difícil. El que perdía tenía que vender sándwich de potito. Pero por supuesto, yo le pedí una prueba de que había logrado comérselo, y esta es la prueba de que nuestro querido nuevo perro cayó, tal como la mayoría de nosotros, bajos los encantos de la Flor, y con una cara de malicia sacó de su bolsillo un pequeño objeto brillante que pendía de una cadena platinada.
Todo se volvió negro, por mi mente pasaban las imágenes de la playa, una y otra vez, las palabras que me dijera y los besos que quedaron ahí. Entre el Yuko y el Rodrigo metían al auto al Gabo que estaba totalmente enajenado, la Martina lloraba intentando calmar a mi hermano, yo estaba dentro del auto sin reaccionar, la Flor y el Axel se habían subido a la camioneta de la Flor, llamaban a los demás para partir. Todos esos segundos se hicieron eternos, el camino de regreso y las semanas que sucedieron al viaje.
Tres años, tres años pasaron de la peor forma. Por las noches despertaba asustado, odiando a todo el mundo. Tres años se cumplieron ayer. Era de noche, hacia calor, de esa calor húmeda que te moja la ropa y hace mas dificultoso el respirar. Estuve toda la tarde en mi auto esperando alguna señal de vida, toda la tarde hasta las 10, cuando llegó en su camioneta, la estacionó fuera de la casa y se bajó. Me bajé intentando
hacer el menor ruido posible, llegué a su lado antes que lograra abrir la reja de su casa y suave pero decidido enterré el puñal que había comprado en la mañana.5 puñalazos habían sido pocos para acabar con su vida, así que la pesqué entre mis brazos y la puse en el asiento del copiloto, le puse el cinturón y eché a andar la camioneta. No gritó, ni habló, solo me miraba asustada. Empecé a registrar los compartimientos de la camioneta hasta que encontré lo que buscaba. En una de cartuchera estaba mi CD de Alanis Morrisette, así que lo puse y lo escuchamos más de 5 veces camino a Horcón. Cuando llegamos a nuestra playa, ella ya agonizaba, tenia toda la camioneta manchada. La bajé de la camioneta y acurrucada en mis brazos, sentados en la arena, se murió mientras le comentaba lo hermosa que se veía la luna reflejada en el mar.




